miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ruído.

Ruido, me machaca y se me clava en los oídos cada vez que me faltas. Ruído, que contamina mi cabeza, no me deja escuchar. Si se callase el ruído, quizá podríamos hablar. Y soplar sobre las heridas, quizás entenderías.

Si pudiera limpiar la ciudad de espectros. Demasiado contaminada de recuerdos. Tú, ven... Contamíname, pero no me asfixies. Aire, necesito aire. Silencio. Vuelve el ruído. Si se callase un momento.

Las heridas aguardan en las esquinas de la casa, esperando su tiempo, congeladas. Yo me siento viejo, como Estrella. Frío. Se acerca el invierno y van a cantar las aves. Lo siento en mis costados. Quiero estar fuera, escuchando. Y así ver.

Y súbitos los árboles sacuden sus mensajes
para que yo los coja y lleve por el viento.


He venido. No sé a qué he venido. Quizás a quererte,

a que me digas
tus palabras de mar y de palmeras...

Pero aire, frío y silencio. Lo necesito.

Y desde ahora, y con carácter retroactivo, reclamo mi derecho a escribir sobre el amor sin estar enamorado y  a escribir sobre ella sin que tenga que existir. Sobre la decepción, la rabia y la alegría sin sentirlas. Porque es más fácil. Y porque quiero.

4 comentarios:

  1. Las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás...

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  2. Todos los escritores, por el mero hecho de escribir, tenemos ese derecho.

    Precioso.

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Di "amigo" y entra