Días hay con instantes no esperados
donde el afán ajeno se aleja de nosotros
y en la distancia permanece
la luz fugaz de una mirada
o un nombre de sonido indescifrable
reverberan de pronto en la conciencia
y se encienden por dentro
como esos gránulos de polvo
que en la sombra destellan
cuando un rayo de luz los eterniza.
Aquí, en el centro mismo de la prisa,
bajo el metal oscuro de un cielo abovedado,
nada sucede alrededor de mí
Sólo ahora, como entonces,
en esta indefensión o en ese simulacro
con que otras veces vino a visitarme,
puede herirnos de nuevo el mortecino
ese dedo de sal que hurga en la huella
de un dolor, de una ausencia, de un vacío.
Estoy en un andén al que he llegado
sin saber dónde ir, tan a deshora
que podría inventarme algún destino
con la urgencia impostada de quien sabe
que, a mis años, un hombre necesita
creer en un lugar al que llegar
para partir de nuevo hacia el olvido.
Estoy en un andén en el que estuve
silencioso y de pie junto a los míos
sin poder impedir que se me fueran
Cada uno en su tren, como estas sombras
que por mi lado pasan sin mirarme.
cada forma de andar, de ceñir la cintura
es forma de otra forma y es dibujo de un nombre:
disuelta en claridad, cada figura
se subsume en la distancia de mis sueños.
Rehenes de la luz que los recorta
contra una fuga de traviesas y raíles,
hacia su tren caminan los viajeros.
La embocadura ofrece al fondo
un telón de desagüe de vagones y vidas.
Este tren va a partir y yo me quedo
que es término y principio,
lugar que sigue siendo símbolo de la vida,
metáfora del mundo, trasunto de la muerte.
saliendo de las sombras, alguien llegue en silencio
y me coja la mano como un hijo la coge
Vamos a casa”.
Estación de término.
Blas Muñoz Pizarro.